Seguidores

jueves, 4 de marzo de 2010

Docencia y Universidad‏

Docencia y Universidad


El Docente Universitario



Para poder abordar la problemática que hace al rol del docente en la vida universitaria, resulta indispensable determinar, previamente, el alcance y significado global del concepto universidad como elemento esencial del desarrollo cultural, científico, ético y social del país.

En 1932, el maestro Rafael Bielsa definía la Universidad como un órgano del Estado , instituido por él como servicio público con fines diversos y unos de éstos fines, el esencial, es la preparación de facultativos, otro, virtual, es la investigación científica y otro la difusión o irradiación de la cultura superior , concepto que también se expresa en una función social universitaria. En sentido técnico administrativo, la universidad es un servicio público. Su fin es público, sus agentes son funcionarios o empleados públicos, su régimen es de derecho público.

Este es un concepto jurídico especialmente jerarquizado por la excelsa figura de quien emana; en él se pretende un encasillamiento institucional y por ende no alcanza para conformar suficientemente las definiciones acerca de la ubicación y valoración del objetivo educativo y la presencia docente.

Sin embargo, el núcleo del concepto, al establecer los fines perseguidos, le permite al jurista manifestar su pensamiento , que ha de coincidir con el nuestro, al hacer referencia a la función formativa del docente, cuando dice “preparar facultativos”; al incremento de conocimientos a través de la investigación científica; al resguardo de nuestro patrimonio más preciado, mediante la difusión e irradiación de la cultura y la sinomia de esta finalidad con la función social universitaria.

Como puede apreciarse, no será mucho lo que deba adicionarse a tan agudo científico, quién jerarquizó los claustros docentes universitarios por su condición de maestro del derecho, en el sentido más puro de tal adjetivación.

Los docentes no forman parte de esta definición, debido al carácter jurídico de la misma, limitándose a incluirlos como funcionarios o empleados públicos, prestadores de servicios.

Hoy no es posible convalidar este criterio, aún cuando jurídicamente resulte válido. El docente universitario es un elemento esencial al cumplimiento de los fines y objetivos de la universidad, al punto que su actividad se convierte en el fundamento mismo de ellos.

A modo de ensayo, y a fin de perfilar a priori el pensamiento que nos inspira, es preferible adoptar una definición simple pero comprensiva, como es la de decir que la función universitaria consiste en formar al hombre, instruyéndolo y educándolo para vivir en la sociedad a la que pertenece, con libertad y dignidad; capacitándolo así para ser útil a si mismo y a sus semejantes y, también para elevar el nivel de vida espiritual propio y el de la sociedad en la que actúa.

Los fines y objetivos universitarios contienen una orientación definida que hace a su quehacer específico, pero varían en su implementación según los tiempos, los espacios y fundamentalmente las diferentes posiciones políticas de quienes tienen la responsabilidad de dirigir los destinos de la nación

Es por ello que se habla de fines culturales, sociales, éticos y de integración universal.

Los fines culturales atienden a su desarrollo, transferencia y consolidación en la búsqueda de la identidad.

Los fines sociales pretenden elevar los niveles de vida y devolver a la comunidad lo que se recibe de ésta.

Los fines éticos se refieren al respeto por la libertad y dignidad del hombre, predicando con el ejemplo y jerarquizando los valores morales, al más alto nivel.

Tambíen la universidad debe tender por su acción educativa e investigadora a hacer factible la coexistencia de valores aparentemente antinómicos como son los de nacionalidad y universalidad.

El desarrollo, en esencia, es la búsqueda y la explicación del sitio en que ocupamos dentro del universo y esta búsqueda es imposible si no se comienza por el análisis de las vivencias experimentadas en el ámbito natural.

A través de la metodología que se utilice para el cumplimiento de lo que podríamos denominar objetivos universitarios, refiriéndonos a la actividad de inmediación, han de ser alcanzados los fines, los que seguramente guardan relación con la filosofía que se adopte.

La enunciación de los objetivos, puede resumirse en los siguiente: Conservación del conocimiento, a través de la documentación; incrementación del conocimiento, por la investigación y transmisión del conocimiento, mediante el ejercicio de la docencia propiamente dicha.

La concepción actual de quienes tenemos el privilegio de pertenecer a la ciudadanía universitaria, se encuentra impregnada por un profundo sentido formativo, priorizando especialmente los aspectos que hacen al desarrollo cultural.

Por imperio de estos principios, sin resignar el nivel académico, se pretende evitar que nuestras universidades resulten exclusivamente profesionalistas.

Si el otorgamiento del título universitario constituyera el cometido esencial de nuestros esfuerzos, éstos resultarían estériles o por lo menos minimizados.

La excesiva profesionalización y la especialización resultan contraproducentes para una sociedad como la nuestra, que requiere individuos que puedan ubicarse en distintos ámbitos, con capacidad para comprender la diversa problemática de cada sector.

Por ello no nos ha de preocupar el número de graduados, que tanto hace hablar y escribir a quienes pretenden limitaciones, aún en el caso de superar las necesidades reales de nuestro desarrollo económico-industrial. Si partimos de la idea que los hombres y mujeres egresados de la universidad, posean una formación que trascienda el campo del conocimiento de la profesión elegida, contaríamos con un importante sector de la población con alto nivel cultural y capaz de generar un efecto multiplicador de resultados insospechados.

Es precisamente allí, en el reducido concepto de la formación cultural, trascendente al conocimiento profesional, donde, a mi modesto entender, se debe establecer el enfoque principal de la actividad docente universitaria, a fin de fijar su rol esencial en miras a su inserción definitiva en el proyecto universitario.

El docente universitario no difiere , en esencia, del maestro primario o el profesor secundario, más aún, debe contar con todos los atributos de aquellos, pero el mecanismo de integración al ámbito de actuación es diferente, dado que la comunidad lo comprende y lo ubica en un estamento particular pero a la vez paritario con el estudiantil y el graduado.

Esta relación estamentaria obliga al docente a compenetrarse de todas las necesidades de los sectores dentro y fuera de la Facultad, tanto en su vinculación con el medio social, como en sus propias relaciones privadas.

En el ejercicio mismo de su desempeño, el docente puede ocuparse en diversas actividades simultáneamente, así puede dirigir un departamento, investigar e integrar un grupo de trabajo específico con funciones en lo administrativo. Cuando esos roles se acompañan de distintos grados de autoridad, se requiere la aceptación de las responsabilidades y el ejercicio de las mismas, con un alto sentido de integridad y dignidad, teniendo en cuenta que lo esencial es producir actitudes maduras que sirvan como modelos de conducta y comportamiento para los educandos.

Es misión de la Universidad la formación docente; al decir esto no pretendemos la capacitación para el ejercicio en un nivel medio, sino que nos referimos al entrenamiento pedagógico necesario para autoconformación de sus propios cuadros, atendiendo a las necesidades individuales de cada casa de estudios y manteniendo abiertos los canales de permanente discusión y actualización.

Si como resultado de esta permanente búsqueda del perfeccionamiento docente, en miras de lograr el convencimiento de que nuestra universidad debe alcanzar las metas que corresponden a su real capacidad de acopiar, desarrollar, extender y transmitir cultura, limitando su accionar a las posibilidades ciertas de recibir el conocimiento por parte de sus naturales destinatarios; estaríamos coincidiendo con Ortega y Gasset, cuando prioriza las funciones en el siguiente orden: !º) Transmisión de la cultura; 2º) Enseñanza de las profesiones y 3º) Investigación científica y educación de nuevos hombres de ciencias, encerrando el contenido en una frase que dice: “En vez de enseñar lo que, según un utópico deseo, debería enseñarse, hay que enseñar solo lo que se puede enseñar; es decir, lo que se puede aprender”.

Pero la tarea de persuasión docente no debe limitarse a ellos, es necesario que el estudiante también se compenetre de su propio quehacer universitario, y este es un nuevo compromiso para el educador, tal vez el más importante, pues en él deberá evidenciar su propio convencimiento de que quien ingresa a la universidad lo hace para adquirir formación que equivale a recibir y entregar cultura para completar su estructura educativa y poder volcarla al medio que le permitió acceder. Debe desterrarse, en forma efectiva, el criterio profesionalista como meta prioritaria; debe tomarse conciencia que la deserción no implica frustración sino simplemente una contingencia de nuestro sistema de vida; debe asegurarse al estudiante que los años de su permanencia en la facultad son útiles para él y la sociedad; que no implican un gasto inútil y que las puertas estarán siempre abiertas a su reincorporación con lo que el abandono no es una figura aceptable para nuestra actual concepción reformista.

Logrado este objetivo inicial, la posibilidad de la conjunción docente-estudiante ha de resultar ideológicamente aceptable y todos los esfuerzos técnico-pedagógicos aplicados, se verán ampliamente favorecidos por este proyecto común que, en definitiva, es el proyecto universitario.



Carlos Alberto Lorenzo

Universidad Nacional de Rosario

No hay comentarios: